En mi trabajo diario, acompañando a hombres y mujeres de todas las edades en su crecimiento personal, me encuentro auténticas perlas, regalos de un valor incalculable que surgen del diálogo amable y consciente que tiene lugar en cada sesión. Las tomas de consciencia de mis clientes son fabulosos presentes que, con su permiso, he decidido que no quede sólo para quien tiene ese darse cuenta y para mí. En este espacio, quiero -queremos- mostrarlo al mundo para que, ojalá, puedan servir a muchas otras personas.
En esta ocasión, un joven, con los dieciocho años recién cumplidos, que ha encadenado una serie de pérdidas importantes en los últimos tiempos, me ha regalado la siguiente frase:
“Que la falta de ellos no haga falta de mí”
No se puede expresar mejor ni con mayor sencillez. Por grandes que sean las pérdidas, por duros que sean los duelos, por más que apriete la tristeza y, a veces, el desconsuelo…
…Que quienes somos quede intacto
…Que no quede, agujero, roto, herida abierta o descosido; como mucho, cicatrices de las que nos hacen más bellos y más sabios
…Que no quepa ni culpa, ira ni vergüenza que nos reconcoma por dentro
…Que descubramos el pensamiento (siempre equivocado) que nos amarra al sufrimiento. Pues es inevitable el dolor, no así el sufrimiento. El sufrimiento llega cuando nos alejamos de la verdad, llevados por un pensamiento que, si nos hace sufrir, está necesariamente equivocado.
“Que la falta de ellos no haga falta de mí”
Al contrario. Que su marcha asiente y fortalezca su presencia en mí, a mi espalda, a mi lado, sosteniendo y acompañando mis pasos, alentándome a disfrutar del tiempo que a nosotros nos toca vivir.

