EL HILO DE LAS EMOCIONES: Un modelo de autorregulación emocional apto para todas las edades (Parte I)

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No afirmo nada nuevo si digo que al común de los mortales le cuesta detenerse a escuchar sus emociones, no digamos comprenderlas o darles crédito. Mientras tanto, ellas -las emociones- siguen a lo suyo; no en vano, llevan cientos de miles de años haciéndolo. El problema es que, al ignorarlas, perdemos la oportunidad de aprovechar el enorme potencial que en ellas se encierra. 


Ciertamente, en lo que a gestión emocional se refiere, los seres humanos llevamos insertada de serie la tecnología del mejor Fórmula Uno que, sin embargo, manejamos como si se tratase de una simple bicicleta, y además sin marchas y con ruedines. Dicho de otra forma, llevamos encima una estupenda navaja multiusos cuyo potencial apenas aprovechamos; es más, tendemos a pensar que se trata simplemente de un objeto punzante potencialmente peligroso. 


Así es. A menudo consideramos las emociones como un estorbo, un incordio, una distorsión empeñada en nublarnos el raciocinio y el sentido. Pero lo que nos impide disfrutar de las prestaciones del Fórmula Uno o de las múltiples herramientas de la navaja multiusos no son las emociones en sí, sino la manera en que las concebimos, lo poquito que sabemos de ellas y la paupérrima gestión que de ellas hacemos. Para que no sea así, es decir, para poder aprovechar dicho potencial es preciso conocer y manejar con claridad algunos aspectos básicos de las emociones, así como contar con herramientas operativas para convivir con ellas en el día a día. A ello vamos a dedicar las próximas entradas del blog.

Comencemos por el principio:


1. ¿Qué son las emociones? 


En esencia, las emociones son información y energía. Son pistas internas, son guías. Son nuestro propio Hilo de Ariadna, ese del que Teseo se valió para no perderse en el laberinto del Minotauro, tal como relata la mitología griega. Su función es la de orientarnos e impulsarnos en nuestro alucinante viaje por el laberinto de la vida. Dicho esto, suele haber bastante confusión entre qué es una emoción y qué no lo es, qué emociones existen, cómo clasificarlas, etc. En ese sentido, hay diferentes modelos, algunos más antiguos, otros más recientes, a los que podemos recurrir para arrojar algo de luz sobre este asunto. Entre los más recientes, me parecen especialmente sugerentes los propuestos por la pedagoga Mar Romera, por un lado, y por Mark Brackett, Director del Centro de Inteligencia emocional de la Universidad de Yale, por otro. En mi caso, bebiendo de diferentes fuentes y también como fruto de todos estos años de crianza compartida y labor educativa, pedagógica y terapéutica, he desarrollado el modelo de EL HILO DE LAS EMOCIONES, que incluye trece emociones, repartidas en tres grupos: 


• Emociones semilla: calma, alegría y aprecio. Están en cada persona en forma de simiente, por lo que han de ser cultivadas para poder contar con ellas. Nos conectan con los otros, con la vida, el disfrute y la paz interior. Nos hacen sentir valiosos y capaces. 
• Emociones mensajeras: tristeza, miedo, enfado, culpa, vergüenza y rechazo. Nos advierten de que se ha producido un desequilibrio en la relación que establecemos con el mundo en el que vivimos, con otras personas o con uno mismo. En otras palabras, nos indican que hay algo importante a lo que hemos de prestar atención. Parece sencillo. No obstante, la dificultad reside en que el mensaje que estas emociones traen está codificado y para descifrarlo es preciso atender a dichas emociones lo antes posible, cuando la información que traen está todavía en pequeñas dosis. Para hacerlo, necesitamos escucharlas y darlas espacio y sentido, de manera que podamos escoger qué acción realizar a continuación, en base a la información recibida. Si no lo hacemos, las emociones mensajeras se acumulan, como piedras en un frasco o cual vaso de agua que se va llenando hasta rebosar, dificultando progresivamente la recepción de su mensaje y generando una sensación que puede ir desde una ligera inquietud hasta la angustia y la ansiedad. Si no las atendemos, nos restan energía y menoscaban nuestro autoconcepto y autoestima y pueden llegar a generar síntomas físicos (contracturas, dolores de cabeza, cansancio…).
• Emociones maestras: sorpresa, seguridad, curiosidad y admiración. Mar Romera las describe como facilitadoras e impulsoras del aprendizaje, pues activan los sentidos y nos dan soporte para explorar el mundo.

(Fragmento del libro Entre la fuerza y lo vulnerable, editado por Desclée de Brouwer)

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