En las dos entradas anteriores, nos preguntábamos por los elementos que componen o contribuyen al bienestar y desarrollamos brevemente seis de ellos: la satisfacción de las necesidades, la resolución de asuntos pendientes y la autorregulación emocional, el hackeo de la mente, el cultivo de la pausa y la calma y la aceptación y gratitud.
Cerramos esta trilogía inicial con la mirada benevolente, el sentido del día a día y la reescritura de nuestra propia historia.
- La mirada benevolente: no hemos sido instruidos para mirarnos con amor; ni a nosotros mismos ni a quienes nos rodean. La exigencia y la autoexigencia, el foco en lo que falta, en el error y en la carencia, el miedo y la falta de permiso para equivocarnos y el elevado precio que tiene la equivocación, están mucho más asentados en nuestra mente y en nuestra identidad que el propósito y el intento de tratarnos con empatía, ternura y aceptación. El bienestar pasa necesariamente por desarrollar esa mirada de comprensión, esa mirada benevolente hacia nosotros mismos, para poder también dirigirla hacia los demás.
- Dar un sentido a nuestro día a día: hay personas que, desde muy pronto, tienen una vocación clara y, además, cuentan con la fuerza y los apoyos externos suficientes como para llevarla a cabo. Son casos reales, hermosos y admirables –quizás, incluso, envidiables. Pero no son la norma; de hecho, son casi excepcionales. El común de los mortales vamos construyendo el sentido de vida cada día, de a poquitos, a cada paso, a cada encuentro. Podríamos decir que se trata de un sentido de la vida en minúsculas, en comparación con el SENTIDO DE LA VIDA, ese más grande, en mayúsculas, claro. Lo hermoso es que, cuando uno se centra en dar un sentido a su día a día, comienzan a aparecer pistas, muestras, semillas, de ese otro sentido de la vida.
- Reescribir nuestra propia historia: nos hemos contado nuestra propia vida de forma equivocada. Nos culpamos y avergonzamos por esto o aquello, nos aterra evocar aquellos momentos, qué decir narrarlos. Nos hemos creído que lo hemos hecho no mal, aún peor, que cometimos un error tras otro, que tomamos decisiones equivocadas, que tendríamos que haberlo sabido, que tendríamos que haberlo tenido en cuenta, que tendríamos que haberlo hecho mejor… Pero lo cierto es que no somos la víctima ni el villano de nuestra historia, ni el figurante ni el actor secundario; no somos el Non Playable Character (NPC). Somos el actor y la actriz principal, el héroe, el protagonista de nuestra propia historia. Incluso, con el tiempo, quizás lleguemos a descubrir que somos también el espectador y el guionista (al menos, uno de ellos) e incluso, en ocasiones el director. Reescribir nuestra propia historia nos permite hacer las paces con el niño y el adolescente que fuimos y, por ende, con el adulto que ahora somos.

